¡Que viva la música!

Música para bailar y escribir sabroso, para los que, tristemente, nacimos poetas y no bailarines.

Hay mucho que decir de ¡Que viva la música!  y de la vida del autor, Andrés Caicedo, que se suicido a los 25 años, el mismo día que recibió el primer ejemplar impreso de esta novela. Podría, como en una larga carta de amor, disertar sabrosamente sobre este libro mientras escucho una de esas salsa confusas y pegostiosas que se meten a los huesos y nos empujan a la vida, como una tormenta que nos avientas encima de las banquetas del paraíso y el pecado. Podría, pero no. Hoy no estoy mucho por por pensar, la verdad. Porque acabo de terminar la novela y todavía traigo en la sangre los cueros de la rumba, los cueros del libro, los cueros de la protagonista con su rubísima cabellera que alumbra a los difuntos. Todavía traigo adentro el cuerpito de la “Siempre viva”, caminando de un lado a otro por las calles de Cali, gozando como loca con Ray Barreto y los grandes de Fania. Y bueno, pues, que si quieren disertaciones y análisis sobre Andrés, hay montones de ensayos y palabras regadas poo aquí y por allá, en esta digital red.

Yo sólo diré que es triste vivir en un mundo donde Gabriel García Marquez gana el premio novel y no Andrés Caicedo (¿Cómo será vivir en ese universo alterno donde éste monstruo gana el emblemático reconocimiento que otorga el Status Quo?).

De christian Ramirez

De christian Ramirez

Diré, también, antes de que empiece la Salsa, que este libraco pertenece a la familia de novelas de iniciación, dichas las cuáles son mis favoritas. Así, pues, la “Siempreviva” es hermanita de Holden Caufield, porque está a través de la perversidad y el cuerpo y la vida y la salsa, repudia con la misma rabia el mundo adulto.

Y bueno, ya, que me callo y los dejo que suelten las caderas y expriman el jugo de la noche, que todavía está fresquita. Oíganse entonces el soundtrack de la novela. Pura salsa de la dura, de la que nos nubla el intelecto y nos hace sólo querer mamar vida. Para muchos, como yo, que no somos grandes bailarines (como mi papá),  sólo nos queda la esperanza de llegar al fondo de esta música enloquecida a través de la literatura. Y ahí sabroseárnosla, arrimárnosla, apretarla rico y gritarle : ¡mamacita! ¡mamacita! Así, con desesperación y alegría, así como lo dice Andrés en este poema:

 

Puede ser una tarde con estrellas

La tarde se parece a mí

Soy un hombre melancólico

Soy un poeta.

Cuando tenía 12 años fui a mi primera

fiesta y fue cuando me tocó bailar por

primera vez en mi vida. Me fue muy mal.

No me cogió el paso. Me dijo: no le

cojo el paso y me dejó allí. Y yo fresco.

Pero ahora pienso

que si me hubiera cogido el paso ahora yo

sería bailarín y no poeta.

Hay gente que puede ser poeta y bailarín

al mismo tiempo.

Pero yo no puedo. Yo soy un hombre melancólico.

Puede ser la luna a mis espaldas.

 

Aquí el playlist con las rolas que aparecen en ¡Qué viva la música!

Bueno, y si ya cogieron el ritmazo de este libraco, si ya subieron el volumen y se pusieron a bailar, aquí les va un extracto de la novela. Si no la han leído, no se preocupen, que no es ningún spoiler, que aunque este fragmento aparezca hasta el final de la obra, no les revelará absolutamente nada de la trama, pero eso sí, si  lo leen en voz alta, los llevará a las alturas. Los hará lanzarse a las teclas a pegarles duro, a aporrearlas sabrosón como si se trataran de las suaves espaldas ritmosas de las percusiones.

Aquí los dejo pues, con la Siempreviva.

Ilustración de juan Pablo Varela

De juan Pablo Varela

Tú, no te detengas ante ningún reto. Y no pases a formar parte de ningún gremio. Que nunca te puedan definir ni encasillar.

Que nadie sepa tu nombre y que nadie amparo te dé.

Que no accedas a los tejemanejes de la celebridad. Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca dejes de ser niño, aunque tengas los ojos en la nuca y se te empiecen a caer los dientes. Tus padres te tuvieron. Que tus padres te alimenten siempre, y págales con mala moneda. A mí qué. Jamás ahorres. Nunca te vuelvas una persona seria. Haz de la irreflexión y de la contradicción tu norma de conducta. Elimina las treguas, recoge tu amor en el daño, el exceso y la tembladera.

Todo es tuyo. A todo tienes derecho y cóbralo caro.

No te sientas llenecita nunca.

Aprende a no perder la vista, a no sucumbir ante la miopía del que vive en la ciudad. Ármate de los sueños para no perder la vista.

Olvídate de que podrás alcanzar alguna vez lo que llaman “normalidad sexual”, ni esperes que el amor te traiga paz. El sexo es el acto de las tinieblas y el enamoramiento la reunión de los tormentos. Nunca esperes que lograrás comprensión con el sexo opuesto. No hay nada más disímil ni menos dado a la reconciliación. Tú, practica el miedo, el rapto, la pugna, la violencia, la perversión y la vía anal, si crees que la satisfacción depende de la estrechez y la posición predominante. Si deseas sustraerte a todo comercio sexual, aún mejor.

Para el odio que te ha infectado el censor, no hay remedio mejor que el asesinato.

Para la timidez, la autodestrucción.

Adonde mejor se practica el ritmo de la soledad es en los cines. Aprende a sabotear los cines.

No accedas al arrepentimiento ni a la envidia ni al arribismo social. Es preferible bajar, desclasarse; alcanzar al término de una carrera que no conoció el esplendor, la anónima decadencia.

Para endurecer la unidad sellada, ensaya dándote contra las tapias.

No hay momento más intenso ni angustioso que el despertar del hombre que madruga. Complica y prolonga este momento, consúmete en él. Agonizarás lentamente y de berrido en berrido enfrentarás los nuevos días.

Es prudente oír música antes del desayuno.

Tú, disimula el olvido. Aprende a contemplar inconmovible toda génesis. Si te tienta la maldad, sucumbe: teminaréis por rodar juntas del mismo brazo.

Come de todo lo que sea malo para el hígado: mango biche y hongos y pura sal, y acostúmbrate a amanecer con los gusanos. Créete ceiba, que también cría parásitos.

Tú, no te preocupes. Muérete antes que tus padres para librarlos de la espantosa visión de tu vejez. Y encuéntrame allí donde todo es gris y no se sufre. Somos muchas. Incomunica el dato.

Apuesto a que nadie oye cómo cada chirriar de tacones, cada botellazo en la cara, cada súplica de borracho que resbala, cada bembé formado, como todo, todo me llama, cómo todo es mío y la descarga me llama. De no haber conocido nunca este son montuno, habría sido escuálida alma perdida, sin cabuyas por la selva. Pero ya me llaman, me ladran. Ya se dice que vienen de otras ciudades a conocerme y a gastar canecas. Sacan fotos mías en la prensa amarilla, y yo me río imaginando la cara de escándalo que harán los cerdos, si no fuera porque ahora ya me faltan fuerzas, lograría unión para salir y gritar consignas y quebrar ventanas, pero para qué ilusiones si quedan lejos esos barrios: ya no son nunca más mi rumbo. Supongo que los marxistas ven las fotografías y pensarán: “Observen ustedes lo bajo que puede llegar la burguesía”.

Qué bajo pero qué rico, no me importa servir de chivo expiatorio, yo estoy más allá de todo juicio y salgo divina, fabulosa en cada foto. Fuerzas tengo. Yo me he puesto un nombre: SIEMPREVIVA

propicio para que de andarse de mucha confianza con la noche no sea que lo arropen a uno, el cochero que viene y para, el cochero negro de la silla colora. Yo seguiré de frente, porque la rumba no es como ayer, nadie la puede igualar, sabor, la rumba no es como ayer, nadie la puede controlar. Tú enrúmbate y después derrúmbate. Échale de todo a la olla que producirá la salsa de tu confusión. Ahora me doy, dejando un reguero de tinta sobre este manuscrito. Hay fuego en el 23.

Y como bonus track, unos trailers y escenas de la película inspirada en el libro de Andrés, que está proximita a estrenarse (este 29 de Octubre -no se yo si a nivel mundial, espero que sí-). Lo malo, como decía Salinger, es que estos proyectos son casi imposibles, porque la narración de ¡Que viva la música! recae completamente en la voz de la narradora: igual que el Guardian necesita todo el tiempo a Holden, este libro no puede despegarse de su narradora.

 

 

¿Ustedes? ¿Ya leyeron el libro? ¿Ya le cogieron el ritmo a la Siempreviva?